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2 de abril de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. UN PRONÓSTICO LLUVIOSO


La lluvia. Ese fenómeno atmosférico que produce sensaciones totalmente contradictorias. Hay gente que se pone triste, otros aprovechan para estrenar su chubasquero más colorido y saltar en los charcos, hay algunos que se ponen románticos (como los besos de las pelis bajo la tormenta que nunca suceden en la vida real), y hay quien se encierra a cal y canto bajo el edredón en modo hibernación. A la plaza le sucedía lo mismo. Cada una de las losetas del suelo reaccionaba de una manera distinta ante los días nublados. Algunas se volvían fuertes y enérgicas, con un color gris llamativo. Otras se aclaraban como si perdieran toda su energía y quisieran ser invisibles, y algunas incluso veían el vaso medio lleno mientras se divertían con el agua que las inundaba. El resultado era un bonito collage de sensaciones, de colores y de texturas. Una forma poética de demostrar que eso mismo nos ocurre a las personas, y que sea como sea, la única verdad de la lluvia es que moja.

14 de marzo de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. EL PIRATA


Sergi llevaba años cruzando la plaza cada día. Le gustaba y le quedaba de camino al trabajo. Siempre miraba el suelo, y pensaba en la cantidad de historias que habrían pasado sobre esas piedras. Cada una con un pasado propio y muchos secretos que llevarse a la tumba. Una mañana se tropezó con una de ellas y la loseta se levantó. Cuando se acercó para ponerla en su sitio, vio una cajita que se escondía bajo el suelo. Dudó antes de cogerla, no porque pensase que pertenecía a alguien o que estuviese violando su intimidad, sino porque con la porquería que tenía a lo mejor se le caía la mano. Pero la curiosidad le pudo. La abrió y encontró varios botes con especias. ¿Sería veneno? ¿De qué año eran? A lo mejor llevaban siglos escondidas, quizás venían de la Ruta de las Especias, o a lo mejor se usaban como contrabando. No, no, no. Seguro que eran de alguna señora que las utilizaba para hacer unos cocidos de muerte y librarse de su marido. Por un momento pensó llevárselas, y quizás le darían un buen dinero en un anticuario. Pero algo le frenó en seco. Estaba robando, y no a un desconocido, sino a su plaza, la que le saludaba cada mañana, la que le hacía la vida más agradable. Era como robarle a su propia abuela. Se sintió tan mal que volvió a meter la cajita en su sitio y cambió su ruta diaria evitando pasar por ahí. Sabía que la plaza le perdonaría, si no lo había hecho ya, porque un fallo lo tiene cualquiera. Lo que tardaría más tiempo es que se le quitara esa sensación de ser un miserable.