Ramón se había hecho el ciego desde pequeño. A los 4 años le explotó un petardo en los ojos y desde entonces su familia le dejó hacer lo que le diera la gana, así que decidió extender el cuento hasta el infinito y más allá. Conseguía colarse en todas partes, asiento seguro en el metro y en el autobús, le llevaban la compra a casa… un chollo. Y como su familia le seguía manteniendo, se pasaba las tardes en el bingo gastándose la paguita. La gente no entendía cómo un ciego podía cantar bingo sin ver los números, pero preferían considerarlo un milagro antes que cuestionar su discapacidad. De visión iba sobrado desde luego, y de caradurismo ya ni hablemos.
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11 de noviembre de 2015
HISTORIAS IRREALES EN LAS RAMBLAS. VEO VEO
Ramón se había hecho el ciego desde pequeño. A los 4 años le explotó un petardo en los ojos y desde entonces su familia le dejó hacer lo que le diera la gana, así que decidió extender el cuento hasta el infinito y más allá. Conseguía colarse en todas partes, asiento seguro en el metro y en el autobús, le llevaban la compra a casa… un chollo. Y como su familia le seguía manteniendo, se pasaba las tardes en el bingo gastándose la paguita. La gente no entendía cómo un ciego podía cantar bingo sin ver los números, pero preferían considerarlo un milagro antes que cuestionar su discapacidad. De visión iba sobrado desde luego, y de caradurismo ya ni hablemos.
8 de abril de 2014
HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. LAS MUJERES DE ROJO

Dos hermanas, solteras y muy afortunadas en el juego, llevaban toda la vida buscando el amor verdadero, o si no, a alguien que les hiciera compañía y les pagara el bingo. Tenían una larga colección de catastróficas relaciones, y siempre acababan juntas, en el mismo sitio y lugar, pero solas. Tal era su deseo de enamorarse, que para ellas cada día era 14 de febrero. Se ponían guapas, se vestían de rojo y se sentaban en la plaza a esperar, a que tarde o temprano, unos apuestos hombres, de aquí o de allá (daba igual), les conquistasen sus corazones con sus carteras. Lo único que atraían eran turistas que les preguntaban cuánto cobraban. Y es que claro, las veían cada día en el mismo sitio esperando al amor, según ellas… o a algún cliente, según ellos. Los años pasaban y todo seguía igual. Así que un día, con una cervecita en la mano y decepcionadas con Cupido, llegaron a la conclusión de que quizás ellas mismas eran sus medias naranjas, ya que siempre habían estado juntas y siempre lo estarían hasta el final. Que le jodan a Cupido y que le jodan al amor. Al fin y al cabo, la relación más sincera era la que tenían con el bingo, que las quería por su dinero, y ellas también.
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