
Quizá no fuera el destino más fácil de todos, o el final que ninguna de ellas hubiera escogido, pero era el que les había tocado. No era la mejor vida que se hubieran podido imaginar. Todo por
dejarse llevar por palabras melindrosas y edulcoradas. Llegaron días en los que Lara y Virginia apenas podían levantarse de la cama, inundadas en un mar de lágrimas recordando cómo esa pequeña larva arrugada y rosada que había salido de sus entrañas había fastidiado todas las posibilidades de un futuro mejor y que cada noche, cada lágrima, mirada y grito que soltaban, era un recordatorio de que estarían atrapadas para siempre, como riéndose de ellas por tener esta agridulce condena. Ocurre lo que ocurre en todos los cuentos, películas e historias. Se conocieron por casualidad en un parque infantil, y encontraron en la otra el consuelo de saber que no estaban solas, y terminaban hablando de lo que harían una vez las larvas pudieran valerse por sí mismas. Habían obligado a Peter Pan a abandonar Nunca Jamás y a modo de cruel venganza, se había dedicado a
amargar la vida a muchachas inocentes, acostándose con ellas bajo palabras y promesas
fatuas dignas del joven
Werter,
condenándolas a criar eternamente querubines
estáticos, que jamás crecerían y serían el yugo de su existencia hasta el final de sus días. La cuestión era, ¿cuantos días restaban para su final?