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29 de abril de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. MI PEQUEÑA GRAN OBSESIÓN


Las obsesiones son como el sobrepeso. No se es consciente de que se tienen hasta que se está metido del todo. Y eso fue lo que le sucedió a Hannah. Comenzó revisando las cosas más de lo normal cuando salía de casa: revisaba que los grifos estuvieran cerrados tres veces, que el gas estuviera apagado, se aseguraba de llevar las llaves, el móvil y la cartera unas cinco veces, y aún así, cuando cruzaba la esquina, se daba la vuelta porque pensaba que no había cerrado bien la puerta de casa. Comenzó a sufrir un trastorno obsesivo compulsivo, pero ella lo llamaba ‘ser responsable’. Cada obsesión se acaba alimentando de la energía de la persona, por lo que Hannah se pasaba la mayor parte del día comprobando cosas. Llegó a tal punto que cada dos segundos abría su bolso para revisar que todo estuviese intacto. Sus amigos y familiares no lo entendían, y lo que más les preocupaba es que el día que perdiera las llaves por accidente, como le puede pasar a cualquier mortal, la pobre de Hannah se haría el harakiri. Eso sí, seguro que se lo haría bien, porque revisaría la herida por lo menos tres veces.

5 de febrero de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. PUTA DE VIDA


Hay quien dice que somos fruto de todos nuestros desengaños. Que nuestro "yo" está condicionado por las cicatrices que tenemos durante toda la vida. Que somos ese beso rechazado, ese puesto de trabajo no conseguido, esa muerte de un ser querido. Que somos esa mirada esquivada. Greta era la fruta podrida del árbol retorcido que era la vida. Era vestigio de un tiempo mejor, de un mundo en el que no encontró posibilidades negadas o crisis que tacharan sueños y que la obligaban a ser sustituidos por otros más asequibles. Había nacido en mitad de dos épocas. Aquella en la que todo futuro era accesible y aquella en la que se tuvo que renunciar a una vida soñada para cambiarla por una modesta y acorde al tiempo que le tocó vivir. A Greta le gustaba ponerse su traje rojo y salir por las calles de Barcelona, aspirando cada aroma y recorriendo con la yema de sus dedos cada pared que encontrando, destrozando sus delicadas manos. Greta era la huella de pasos de otros sobre ella misma, era la sombra de edificios ajenos y los ecos de voces lejanas. Era, como tú, el títere de cientos de personas que han pasado por tu vida y que te han dejado sin voluntad. Era pelele del gobierno y puta de la vida. Como tú y yo.