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10 de marzo de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. EL SECUESTRO


Un grupo de personas se reunió sospechosamente alrededor de la fuente. Murmuraban en voz baja, y aunque aparentaban ser un grupo de turistas, sus miradas conspiratorias eran muy extrañas. Una paloma de paisano se acercó al grupo disimulando estar interesada por unas migas de pan, y escuchó a uno de ellos decir algo de que a medianoche comenzaría la misión. La paloma, se lo dijo a la rata, ésta a la palmera, la palmera al camello, el camello a la puta, y toda la plaza se pasó el mensaje. A las 00.00, unas sombras corrieron hacia el centro de la plaza, apenas hacían ruido y parecían auténticos ninjas. De pronto, una de las palomas dio la señal de alerta y las palmeras se tiraron al suelo para acorralar a los intrusos. Los bares encendieron sus luces y no podían creer lo que vieron. Un grupo de personas habían levantado la fuente y estaban intentando robarla. ¡Pillados in fraganti! Soltaron la fuente y empezaron a escapar trepando por los balcones. Eran auténticos profesionales y no se pudo cazar a ninguno. Desde ese día, los habitantes de la plaza decidieron organizar patrullar vecinales. El incidente no volvió a repetirse, pero cada vez que se reúnen más de cinco personas alrededor de la fuente, es inevitable ver a una paloma alrededor buscando migas de pan.

17 de febrero de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. ¡COWABUNGA!


Las ratas también se aburren, como cualquier bicho viviente. Y en particular las de Barcelona, acostumbradas a tanta actividad que en los momentos más tranquilos tienen más peligro que un niño en su primer día de vacaciones. Eran canallas por naturaleza, y siempre estaban maquinando cualquier tipo de vandalismo ratonil. Un día, tuvieron la gran idea de divertirse como mejor sabían, haciendo algo nada bueno. Treparon hasta la copa de las palmeras y empezaron a saltar de una a otra. Si no daban el salto lo suficientemente largo, se mataban. Así de simple. Una menos y a seguir jugando. Era la versión yamakasi inyectada en rabia. Poco a poco fueron cayendo hasta que quedó sólo una, la cual logró convertirse en una auténtica leyenda Ninja, sin nada que envidiarle al mismísimo Bruce Lee. Volvió a las alcantarillas, su lugar natal, y creó su propia escuela de artes marciales. Por lo visto se convirtió en el maestro de cuatro tortugas galápago que habían sido tiradas por el váter tras las fiestas navideñas y el fervor de las mascotas. Esas tortugas se bautizaron con los nombres de los mayores creadores renacentistas, y protagonizaron una de las series de dibujos más míticas de las mentes ochenteras. ¡Cowabunga!