Lucy ya era mayor. Tenía más de diez años y cada mañana se paseaba sola por la ciudad. Era pelirroja y sus ojos eran color miel. En su casa le decían que tuviese cuidado, que no se acercara a desconocidos y sobre todo que no comiese nada que le ofrecieran por ahí. Tenía una elegancia innata caminando, y le encantaba asustar a las palomas. Se podía pasar horas sentada tomando el sol, hasta que los malditos turistas le quitaban su sitio y encima no la entendían cuando les reclamaba. Escuchaba de fondo a las gaviotas, que siempre intentaban robar algún bocadillo mochilero, y justo cuando la sombra de la palmera estaba a punto de tocar la fuente, sabía que era hora de volver a casa. Siempre se repetía la misma rutina, una y otra vez como el día de la Marmota. Pero Lucy siempre estaba contenta, le gustaba su ordenada vida, sin sorpresas y sin imprevistos. De hecho le ponían muy nerviosa las visitas de gente que no conocía. Aunque sin duda, el mejor momento del día era cuando regresaba a casa y le decían ‘Buena chica’, mientras le acariciaban detrás de la oreja. Era la mayor recompensa que podía recibir. Lo tenía todo, o por lo menos, todo lo que necesita un perro para ser feliz.
13 de febrero de 2014
HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. LUCY
Lucy ya era mayor. Tenía más de diez años y cada mañana se paseaba sola por la ciudad. Era pelirroja y sus ojos eran color miel. En su casa le decían que tuviese cuidado, que no se acercara a desconocidos y sobre todo que no comiese nada que le ofrecieran por ahí. Tenía una elegancia innata caminando, y le encantaba asustar a las palomas. Se podía pasar horas sentada tomando el sol, hasta que los malditos turistas le quitaban su sitio y encima no la entendían cuando les reclamaba. Escuchaba de fondo a las gaviotas, que siempre intentaban robar algún bocadillo mochilero, y justo cuando la sombra de la palmera estaba a punto de tocar la fuente, sabía que era hora de volver a casa. Siempre se repetía la misma rutina, una y otra vez como el día de la Marmota. Pero Lucy siempre estaba contenta, le gustaba su ordenada vida, sin sorpresas y sin imprevistos. De hecho le ponían muy nerviosa las visitas de gente que no conocía. Aunque sin duda, el mejor momento del día era cuando regresaba a casa y le decían ‘Buena chica’, mientras le acariciaban detrás de la oreja. Era la mayor recompensa que podía recibir. Lo tenía todo, o por lo menos, todo lo que necesita un perro para ser feliz.
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