
Pocas personas sabían de la existencia del lupanar que había en Plaza Real. Precisamente no por ser reciente; de hecho era en 3º prostíbulo más antiguo de toda Barcelona. Hombres importantes, hombres de fortuna y reconocimiento internacional entraban ante esas altas puertas, a habitaciones de techos altos como sus propios
egos, y durante una
maravillosa hora y media, salían de ahí pudiendo tocar de nuevo la tierra con los pies. No era fácil descubrir cual de todas las ventanas llevaba al codiciado prostíbulo. Claro que igualmente, no todos podían permitírselo por sus altos precios. Si el cliente quería llorar locamente en el regazo de una mujer para que ésta le
consolara, serían 1.000 euros. Si por el contrario, uno deseaba desvestir a la mujer e intercambiarse la ropa así como sus roles, 2.560 euros. Las camas apenas se usaban para echar siestas bajo la compañía de una mujer, siempre respetándola y sin degradar su condición femenina. A excepción del sexo, el cliente podía ordenar cualquier directriz y ésta sería cumplida. Y es que dentro del precio se incluía el
silencio, ese bien intangible tan poderoso, tan asfixiante, tan
delicado y fútil. Los hombres que acudían compraban silencio, excitante y morboso silencio, silencio que puede dejar de ser silencio y arruinar sus vidas. Silencio con el que se autocomplacían todas las noches pensando en el. Y es que el silencio es el grito más poderoso
.