Cecilia maldijo la hora en que hizo caso a su hija y se puso
el único tanga que tenía en el cajón. Era una instrumento del demonio que se metía por
la rabadilla como una tarjeta de crédito en plenas
rebajas. Tantos días seguidos de lluvia no le habían dejado poner lavadoras, y cuando se dio cuenta sólo le quedaba limpio
un tanga rojo que le habían regalado en
Nochevieja para hacer el paripé. Llevaba todo el día retorciéndose como una almeja con limón, caminando al estilo
‘Chiquito’ intentando acomodarse sutilmente el tanga en su sitio.
Estaba harta. Decidió que la mejor solución era hacer un
Paris Hilton y dejar el gato al aire.
Maullar, no maullaría. Y si una corriente de aire le levantaba la falda, sería el primer gato que mató la curiosidad.