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El cuento era muy distinto. Aquí no había magia ni perdices que comer al final. Daniel se ponía su sudadera roja cada noche, y recorría las calles de Barcelona ofreciendo latas de cerveza hasta que se hacía de día. A veces llovía y tenía que resguardarse en algún portal, y otras veces hacía tanto frío que no sentía ni las manos. No, no había nada de mágico en aquello. Era el único camino para él. Estaba acostumbrado a no tener sueños, ni ilusiones, ni planes. Todo eso era una pérdida de tiempo y dinero. Lo importante era volver a casa (si se le puede llamar así) con el bolsillo lleno de monedas, y ninguna lata en la bolsa. Y así pasaba su vida, sin saber cómo acabaría el día o si volvería intacto. De calle en calle, y muchas noches en vela. Su final feliz es abrirse una de las latas de cerveza que vende y dormir unas pocas horas para volver a empezar. Así es el cuento de Daniel.