11 de marzo de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. EL PASAJERO


Al final su madre tenía razón. Andrés era un chico introvertido, con muy poca vida social. Se pasaba los días en casa delante del ordenador y estaba obsesionado con la ciencia ficción. A pesar de sus treinta años, seguía viviendo en un mundo infantil de fantasía que él mismo se había fabricado. Su madre siempre se echó la culpa, porque cometió el error de llevarle al cine a ver E.T. cuando era un crío, y el niño no fue el mismo desde entonces. Estaba empeñado en que algún día tendríamos contacto con seres de otros planetas, y con suerte, se lo llevarían como conejillo de indias. Para ponérselo fácil a los alienígenas, tomó prestadas las antenas de las azoteas de los vecinos y construyó una especie de máquina que emitía mensajes al espacio. Cuanto antes vinieran, mejor. Andrés siempre se había sentido un incomprendido, era el rarito, y no encajaba ni siquiera con su familia. Se consolaba pensando que quizás su sitio estaba en otros mundos, con otros seres como él, aunque tuvieran tres cabezas o hablasen por telepatía. Una mañana, cuando su madre fue a despertarlo como cada día, Andrés no estaba. Quizá se cansó de todo y huyó a alguna isla perdida de ‘Españoles por el Mundo’. Pero su madre, que por ser madre es muy sabia y tiene un sexto sentido, deseó de todo corazón que su hijo estuviera donde realmente deseaba. Y ese lugar no pertenecía a este mundo.

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