5 de febrero de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. PUTA DE VIDA


Hay quien dice que somos fruto de todos nuestros desengaños. Que nuestro "yo" está condicionado por las cicatrices que tenemos durante toda la vida. Que somos ese beso rechazado, ese puesto de trabajo no conseguido, esa muerte de un ser querido. Que somos esa mirada esquivada. Greta era la fruta podrida del árbol retorcido que era la vida. Era vestigio de un tiempo mejor, de un mundo en el que no encontró posibilidades negadas o crisis que tacharan sueños y que la obligaban a ser sustituidos por otros más asequibles. Había nacido en mitad de dos épocas. Aquella en la que todo futuro era accesible y aquella en la que se tuvo que renunciar a una vida soñada para cambiarla por una modesta y acorde al tiempo que le tocó vivir. A Greta le gustaba ponerse su traje rojo y salir por las calles de Barcelona, aspirando cada aroma y recorriendo con la yema de sus dedos cada pared que encontrando, destrozando sus delicadas manos. Greta era la huella de pasos de otros sobre ella misma, era la sombra de edificios ajenos y los ecos de voces lejanas. Era, como tú, el títere de cientos de personas que han pasado por tu vida y que te han dejado sin voluntad. Era pelele del gobierno y puta de la vida. Como tú y yo.

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