30 de enero de 2014

HISTORIAS IRREALES EN LA PLAZA REAL. EL HIJO DE CUPIDO


Cupido nunca tuvo claro del todo el por qué de su nacimiento. Los Dioses le habían dicho que su nacimiento fue fruto del amor más fuerte entre dos personas que nunca se ha visto sobre la tierra y el cielo. Así que la única meta que empezó a tener en su vida fue la de hacer felices a las personas. Acercarse por detrás. Sigiloso. Siempre por la sombra. Y como un asesino, acuchillar a sus presas para hacerles sangrar felicidad. Durante siglos ése fue su cometido. Hasta que empezó a cansarse de la felicidad eterna que veía en los ojos de sus afortunados. Mejillas alzadas, lágrimas en los ojos, efusividad, pedidas de matrimonio, uñas mordidas de la emoción, horas y horas pendiente de un móvil. ¡BASTA! ¿Cómo ha sido posible ser el portador del amor durante todo este tiempo y no haber experimentado las mieles de su mercancía? Trató en vano de encontrar un igual, una semidios con la que compartir la eternidad, y sin embargo sólo se conoció a sí mismo compartiendo la nada. Desesperado, Cupido cogió su propia lanza y apretó contra su propio corazón hasta que emanó sangre negra, dejándolo tendido en el suelo. En ese momento emergió del subsuelo Lillit para llevarse consigo el cadáver de nuestro héroe. Ocurre como ocurre en muchas ocasiones, que las coincidencias son la razón de las realidades más absurdas que tenemos a nuestro alrededor. Siendo Lillit el primer ser que vio, se fundieron en un romance grande como el mundo, dando lugar al sucesor de Cupido, un arcángel pequeño, negro y tapado por sus propias alas, apenas visible a los ojos por su negrura. Este había sido el precio a pagar por forzar el amor, por enamorarse de un ángel del submundo. En consecuencia, su hijo David llevaría el desamor y la desdicha a todos aquellos que intercambiaran interesantes miradas, roces ingenuos, e incluso sonrisas destinadas a un futuro mejor.
A partir de ese día el 14 de Febrero dejó señalarse en los calendarios.

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